Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes. El más alto, el más fuerte, el más hábil. Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa, bailando en las ceremonias de los payés (médico hechicero).
Cuando era chico, no había madre en su tevy (familia extensa de los guaraníes que configuraba una unidad social y ocupaba una única gran vivienda) que, al verlo reírse, no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá (amuleto guaraní que llevaban los hombres adultos. Consistía en un palito en forma de T que atravesaba el mentón) ya había muchas indiecitas que querían casarse con él. A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.
Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres. Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon la emboscada.
A Isondú lo esperaron un atardecer. Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas, y esta ya estaba lista. Después se sentaron a esperar, y a tomarse la chicha de maíz que habían llevado.
Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes. Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella, ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor - la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar - en su largo pelo negro. Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pqueño al lado de los árboles inmensos.
Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, porque era joven, no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia. Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo.
Los otros salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:
- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!
- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?
- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O querés que llamemos a tu mamita para que te salve?
Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros.
Isondú les gritaba:
- Pero, ¿qué hacen? ¿qué les pasa? ¿qué les hice yo, cobardes? - Y desde abajo les devolvía los proyectiles.
Uno de los agresores le contestó:
j- Ya vas a ver si somos cobardes. - Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda... Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de cardenales y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo.
En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo. De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre.
Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní. Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo. En la Argentina, algunos le siguen diciendo "isondúes", otros los llaman "bichos de luz, otros "tuquitos" y otros luciérnagas. En las noches más oscuras vuelan a nuestro alrededor, y, cuando creemos que se han ido, se encienden otra vez unos metros más allá, como estrellas terrenales.
La tierra no es una herencia de nuestros padres, es un préstamo de nuestros hijos.
sábado, 4 de diciembre de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
Rehenes de monsanto
Por Raúl A. Montenegro*
Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.
Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.
Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires.
Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.
Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.
Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel.
Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja.
Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.
Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.
Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.
Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.
Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.
Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.
Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.
Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.
Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.
Qué duro es saber que miles de argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.
Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.
Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.
Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo.
Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.
Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.
Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua.
Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.
—————————-
Córdoba, 27 de marzo de 2008
*Presidente de FUNAM
Premio Nobel Alternativo 2004 (RLA-Estocolmo, Suecia).
Profesor Titular de Biologia Evolutiva,
Universidad Nacional de Cordoba (Argentina)
sábado, 14 de agosto de 2010
Sabiduria de la tierra
Mensaje del Jefe Hopi Dan Evehema a la humanidad:
CARTA A LAS NACIONES UNIDAS 1992
Nosotros los hopis creemos que la raza humana ha atravesado tres mundos y formas de vida diferentes desde el principio. Al fin de cada mundo anterior la vida humana ha sido purificada o castigada por el Gran Espíritu "Masáu" debido principalmente a la corrupción, a la codicia y por alejarse de las enseñanzas del Gran Espíritu. La última gran destrucción fue la inundación que destruyó a todos excepto por unos cuantos justos que pidieron y recibieron el permiso para vivir con él en su nueva tierra. El Gran Espíritu dijo; "Depende de ustedes si desean vivir en mi manera pobre, humilde y simple. Es difícil, pero si ustedes están de acuerdo con vivir conforme a mis enseñanzas e instrucciones, sin nunca perder la fe en la vida que les otorgue, pueden venir y vivir conmigo."
Los hopis y todos quienes se salvaron de la gran inundación hicieron un pacto sagrado con el Gran Espíritu en ese tiempo. Nosotros los hopis hicimos un juramento que nunca nos alejaríamos del Creador. Para nosotros las leyes del Creador nunca cambian o se rompen. Para los hopis el Gran Espíritu es todopoderoso. Él se apareció a la primera gente en forma de hombre y les habló al principio de la creación de este mundo. Él nos enseñó cómo vivir, cómo rezar, dónde ir y qué alimento llevar, nos dio semillas para plantar y cosechar. Él nos dio una serie de tablillas de piedra sagrada en las cuales el infundió todas sus enseñanzas para salvaguardar la tierra y la vida. En estas tablillas de piedra se colocan instrucciones, profecías y advertencias. Esto fue hecho con ayuda de una Mujer-Araña y sus dos nietos. Ellos eran sabios y poderosos ayudantes del Gran Espíritu. Esto aconteció antes de que él se ocultara. Él y la Mujer-Araña colocaron ante los líderes de los diferentes grupos de gente muchas mazorcas de maíz de diferentes colores y tamaños, para que ellos escogieran su alimento para este mundo. El hopi escogió la mazorca más pequeña de maíz . Entonces Masáu dijo: " Me has mostrado que eres sabio y humilde; por esta razón serás llamado "hopi" (pueblo de paz). Y yo he de colocar en tu autoridad toda la vida y la tierra para cuidar de ellas, protegerlas y serme fiel hasta que yo retorne a ti en los días postreros, pues Yo soy el primero y el último". Por eso es que cuando un Hopi es ordenado en la orden religiosa más elevada , la tierra y todas las cosas vivientes son colocadas en sus manos. El se convierte en un padre para toda la vida sobre la tierra. El esta autorizado a aconsejar y corregir a sus niños en cualquier manera pacífica que sea posible hacerlo. Así que nunca podemos renunciar a reconocer que nuestro maestro de paz alcanzará a nuestros niños. Somos intruídos en mantener a este mundo en balance con la tierra y los muchos universos con oraciones y rituales especiales que perduran hasta nuestros días.
Fue para los dos nietos de la Mujer-Araña que las piedras fueron dadas. Estos dos hermanos fueron entonces instruidos en llevarlas a un lugar que el Gran Espíritu les había dicho. El hermano mayor debía irse inmediatamente hacia el este, hacia el sol que se levanta y luego de llegar a su destino se le dijo debía iniciar la búsqueda de su hermano más joven quien permanecería en la tierra del Gran Espíritu. La misión del hermano mayor cuando el retornase era ayudar a su hermano menor , el Hopi a traer la paz, la hermandad y una vida eterna. El hermano menor fue instruido en cubrir toda la tierra y marcarla bien con huellas de pie y marcas sagradas para reclamar esta tiera para el Creador y para la paz sobre la tierra. Establecimos nuestros ceremoniales y altares sagrados para sostener a este mundo en balance conforme a nuestra primera promesa al Creador.
Es así como se da la historia de nuestra migración, hasta que nos encontramos con el Creador en el Viejo Orfibe (Lugar que solidifica) hace más de 1000 años. Fue en ese encuentro cuando el nos dijo estas profecías para entregárselas a ustedes ahora en el cierre del Cuarto Mundo ,de destrucción y al principio del Quinto Mundo de Paz. El nos dio muchas profecías para entregarlas y todas de acontecer. Así es como conocemos que el momento para revelar las últimas advertencias e instrucciones para la humanidad es ahora. Nos fue dicho que nos estableciéramos permanentemente aquí en la tierra de Hopi en donde nos encontramos con el Gran Espíritu y esperemos por el retorno de este hermano mayor quien colocara las tablillas lado a lado para mostrar a todo el mundo que ellos son nuestros verdaderos Hermanos Blancos.
Cuando el camino en el cielo halla sido completado y cuando la aparición de algo, que significa en Hopi el hongo de cenizas, un hongo que cuando caiga sobre la tierra, esta hervirá todo dentro de un gran espacio y nada crecera por largo tiempo. Cuando los líderes sigan el mal camino en vez de los caminos de armonía, se nos dijo que habían muchas formas de esta vida que podían ser destruidas. Si los hombres no escuchan nuestras profecías y no retorna a las enseñanzas espirituales originales; nos fue dicho de tres ayudantes quienes serían comisionados por el Gran Espíritu para ayudar a los Hopis a recuperar la vida pacífica sobre la tierra, a que no cambiemos nuestros hogares, nuestras ceremonias, nuestro cabello, debido a que los ayudantes no podrían reconocernos como a los verdaderos Hopi. Así que hemos estado esperando todos estos años . Es conocido que nuestro verdadero Hermano Blanco, cuando llegue será todopoderoso y portará una capa roja o vestimenta roja . El será grande en población y no pertenecera a ninguna religión sino a la suya. El traerá consigo las tablillas sagradas. Con él habrá dos grandes también muy sabios y poderosos. Uno tendrá un símbolo de direciones de migración que representa la pureza y es bella, una productora de vida. El segudo tendrá como señal un símbolo de sol. Nosotros tenemos en nuestras sagradas ceremonias de Kachina una calabaza sonaja que esta en uso aún hoy en día con los símbolos de los poderosos ayudantes de nuestro verdadero Hermano Blanco. Esta profetizado que si estos fallan en cumplir su misión; entonces, del oeste vendra como una gran tormenta . Él será muchos y despiadados. Cuando él venga la tierra sera cubierta como hormigas rojas que cubren y se apoderaran de la tierra en un solo día. Pero si los ayudantes cumplen su misión sagrada ,e incluso sí solo hay uno , dos o tres de los verdaderos Hopi que queden fiel a la antigua enseñanza , El Gran Espíritu Masáu aparecera ante todos, y nuestro mundo sera salvado . Los tres estableceran nuestro nuevo plan de vida que nos llevara a una vida y paz eterna. La tierra se tornara nueva como fue al principio. Las flores rebrotaran , las bestias volveran a las tierras aridas y habra abundancia de alimento para todos aquellos que se salven. Los sobrevivientes compartiran todo equitativamente y ellos reconoceran al Gran Espiritu y hablaran una sola lengua.
Nosotros ahora enfrentamos grandes problemas, no solo aquí sino por toda la tierra.Las culturas antiguas están siendo aniquiladas. Sus tierras les son arrebatadas dejándoles sin lugar alguno que puedan llamar propio. ¿Por qué está sucediendo esto? Porque muchos han abandonado sus enseñanzas espirituales originales. La forma de vida que nos ha dado el Gran Espíritu a todas la gente del mundo. La gente dirigentes del mundo cualquiera que sea no esta siendo honrada, y esto a una gren enfermedad llamada codicia, que infecta a todas las tierras y países . Que la gente simple esta perdiendo lo que ellos habían mantenido por miles de años , el no conformarse ha hecho ya mucho mal. Ahora nos encontramos en el final mismo de nuestro camino. Mucha gente ya no reconoce la verdadera senda del Creador. Ellos no tienen de hecho respeto por el Gran Espiritu o por nuestra preciosa madre Tierra que nos da a todos vida. Se nos enseño en nuestra profecía antigua que esto ocurriría. Se nos dijo que alguien trataría de ir a la luna. Que luego de este acontecimiento la naturaleza mostraría signos de perder su equilibrio. Ahora vemos que ya está pasado. Habrá quienes se preguntarán por los signos sobre la naturaleza, ahora vemos que todo está pasado y en la naturaleza ya no hay ningún equilibrio.
Nosotros los hopis aun mantenemos las tablillas sagradas y esperamos ahora la llegada de nuestro verdadero Hermano Blanco, y de otras personas dispuestas a trabajar por la paz. Paz para ustedes, toda la tierra y en nuestros hogares.
Jefe Hopi Dan Evehema
viernes, 23 de julio de 2010
Compartiendo Conocimientos
Lecciones de los primeros dueños de la tierra |
© Larry Workman Para el pueblo indígena de Quinault, el árbol de Cedro es el “árbol de la vida” porque es fundamental para cada aspecto de su existencia. De su madera el pueblo de los Quinault construye casas y refugios, al igual que canoas para pescar. La corteza del cedro se utilizaba para hacer ropas y sus raíces para hacer cestas. Incluso otras partes del “árbol de la vida” se convertían en arte o en objetos utilizados en sus ceremonias religiosas. “El Cedro es tratado con respeto” explicó Gary Morishima, un asesor técnico en recursos naturales del pueblo indígena de Quinault. La tribu armoniza sus necesidades con las del bosque, antes de recoger la corteza del cedro, le piden permiso para hacerlo y toman sólo una parte de ella dejando el resto para que el árbol tenga como mantener su vida. Constantemente y por generaciones, el pueblo Quinault y otros pueblos indígenas de Estados Unidos dirigieron los bosques de manera que se mantuviera un balance y se adaptaran al mundo. Cal Mukumoto, consultor de empresas madereras que ha trabajado por décadas con tribus indígenas cree que este “balance tribal” es supremo e inmejorable y muy posiblemente la respuesta para un futuro de sostenibilidad ambiental. “Las tribus encarnan totalmente el concepto de la sostenibilidad y lo que ésta significa realmente” dice Mukumoto “Las tribus tienen un punto de vista realmente sustentable”. El fuego y La tribu. Algunos conservacionistas y activistas ambientales creen que la verdadera sustentabilidad y preservación de los bosques de Estados Unidos depende de la ausencia del hombre. Esta ideología se basa en el precepto que la naturaleza se mantiene totalmente a sí misma y que el ser humano solamente es una interferencia en el plan natural. Sin embargo, las Américas no fueron el bosque solitario y salvaje que algunos ambientalistas desinformados piensan que eran hace unos cientos de años. Los indígenas lo saben de primera mano, después de todo esa es su herencia. De acuerdo a Trudy Pinkham, un guardabosques de la tribu Yakama en Washington, es irreal e ilógico esperar que el bosque se mantenga por sí mismo, “no puedes preservar los bosques a menos que los veas con lupa” dice Pinkham “caminar a través de los árboles es una perturbación para el bosque. Mi pueblo depende del bosque así que lo dirigimos con sensatez”. De hecho, si los indígenas no hubiesen practicado una cultura forestal sustentable años antes de la llegada y asentamiento de los europeos, los bosques que ahora existen no serían tan sanos ni tan extensos. “Alguna gente vive con la premisa de que el ecosistema primordial antes de la llegada de los europeos era una gigantesca jungla desorganizada y con muy poca gente. Sin embargo, en realidad era una zona densamente habitada y un bosque muy utilizado” de acuerdo con John Vitello guardabosques de la oficina de asuntos indígenas (BIA por sus siglas en inglés) del Ministerio del Interior. Vitello dice, “habían fuegos que se propagaban frecuentemente por el ecosistema; y el hombre al igual que los eventos naturales eran la causa de éstos, así que lo que tenemos en Norte América son ecosistemas fuego-dependientes. Como explica Vitello, un ecosistema fuego-dependiente está conformado por vegetación que ha evolucionado con el fuego. Por ejemplo, en la mitad oriental de los Estados Unidos, crecen en grandes cantidades los pinos Ponderosa. La salud de éstos depende en gran medida del fuego ya que al tener una corteza excepcionalmente gruesa, los frecuentes incendios limpian el bosque de malezas y especies propensas a quemarse (como el Abeto) sin dañar el ponderosa. Este proceso también ayuda a podar los pinos jóvenes, genera más humedad y espacio para crecer y una ventaja competitiva clara para los árboles sobrevivientes. Excluir el fuego de esos ecosistemas es contrario al orden natural. Sin incendios frecuentes estos bosques se llenan de espesas malezas y de especies combustibles que conducen a mayor demanda de agua, proliferación de insectos y aparición de enfermedades y eventualmente fuegos incontrolables que destruyen incluso a los pinos maduros. Los nativos americanos no trataban de excluir el fuego, ellos lo utilizaban para mantener el bosque saludable. Las cargas de combustible se reducían, alimentos y medicinas importantes para la fauna y la tribu eran producidos y así se mantenían los bosques. Victoria Wesley coincide con el punto de vista de Vitello sobre el fuego, como guardabosques y miembro de la tribu Apache San Carlos en Arizona, está bastante familiarizada con los ecosistemas fuego-dependientes y los pinos ponderosa. Con el paso del tiempo los bosques de ponderosas dejaron de ser cultivados con fuego de la forma a la que estaban acostumbrados. Como resultado los pinos empezaron a crecer demasiado cercanos unos a otros, y vegetación más baja creció de forma desbocada. Ahora en algunos casos, las tribus han retomado el uso del fuego. Pinkham también está acostumbrada al fuego. Sin éste el pueblo Yakama no tendría los suculentos campos de zarzamoras que sustentaron su dieta por cientos de años. John Waconda, guardabosques regional del BIA y miembro de la tribu Pueblo Isleta de Nuevo México concuerda con esto, él explica que incluso ahora los indígenas “tratan de promover y estimular las prácticas de silvicultura tradicional que incluyen el uso del fuego”. © Larry Workman De cualquier modo, el paisaje en las Américas ha cambiado, (inclusive para los indígenas que viven en las diferentes reservas de los EE.UU.) depender de “eventos naturales” para el cultivo de los bosques ha cambiado. Como indica Waconda, la llegada de asentamientos habitacionales y la posesión privada de tierras ha llevado a prácticas más modernas de administración de tierras que previenen el daño a la infraestructura existente; los “eventos naturales” no siempre son contenibles ni controlables. Como en el caso del uso del fuego, las tribus eligen otras prácticas que difieren de las tradicionales, “una de las cosas más importantes que nos guía es el principio de planificación de gerencia de bosques” dice Waconda. Pero para la tribu de Waconda y muchas otras en Estados Unidos, la planificación de bosques no se refiere a maderería y ganancias, sino que es una aproximación holística que preserva y a la vez genera ganancias a partir del bosque; “nuestros planes gerenciales ciertamente difieren mucho de otros procesos de planeación y procedimientos públicos y privados” dice Waconda. La singularidad estriba en la unión del pronóstico económico del uso y venta de maderas y otros productos del bosque y el balance de esto con los elementos culturales y religiosos que giran alrededor del bosque. “En los campos indígenas, no se explota el bosque de una forma puramente comercial por sus productos sino también para la subsistencia de su cultura, así tenemos materiales vegetales con valor cultural, lugares del bosque que se utilizan para ceremonias o para reunir materiales que se utilizan en las artesanías o la vida diaria. “Hay alimentos tradicionales en los bosques” – nos explica Bill Downes Jefe de guardabosques de la BIA. Como explicaba Pinkham “los bosques son mucho más que productos de madera para vender a las industrias; son postes para los Teepees que se usan en ceremonias y como viviendas para su gente. Esta relación no existe para muchos no-indígenas. Para ellos son cifras en dólares, para mi es mi cultura” dice Pinkham. Albert Bordeaux, Director forestal y miembro de la tribu Rosebud Sicangu Oyate Lakota, está trabajando para que el bosque también sea usado por su pueblo. Y cuando termina agosto, Bordeaux un hombre que vive “con” el bosque, ya estaba efectuando el “corte anual” de Rosebud. Antes de que se venda esa madera, Bordeaux y su equipo se asegurarán que las necesidades de la tribu sean cubiertas. “Estamos tratando de construir hogares para quienes no los tienen” Continua Bordeaux “la madera esta aquí para la gente, tratamos de administrarla lo mejor posible sin agotarla.” Y al ayudar a los bosques y a la gente, se fortalece la comunidad. Dice Morishima, “los bosques forman parte de la comunidad tribal” desde la economía hasta la leña de las fogatas, desde la medicina hasta los alimentos, desde la espiritualidad hasta el arte, la preservación y administración de la floresta indígenas no se trata sólo de los bosques, es una cuestión de vida. © Larry Workman En los suburbios de Estados Unidos, frecuentemente los residentes dicen que viven “en” el suburbio o vecindario. Pero los indios siempre se han sentido más próximos a su tierra, tan cercanos que son uno y el mismo. La diferencia es que en lugar de vivir “En” el bosque, los indios viven “Con” el bosque, un vínculo casi de familia. Waconda ve al bosque como “una parte integral de nuestra existencia, no hay desvinculación entre el hombre y la tierra.” Pinkham, comparte su filosofía y comenta: “Nuestro pueblo cree que existe un circulo de la vida, todo tiene un significado” de este modo ellos han vivido con la tierra por generaciones, sin tomar más de lo que necesitaban de manera que las generaciones futuras no carecieran de nada. Mucho antes que Pinkham fuese guardabosques de su tribu, ella aprendió una valiosa lección de su anciana abuela. Mientras ambas iban por el bosque recogiendo raíces amargas, zanahorias y bayas, ella quería tomar lo más posible, pero su abuela le explicaba “tomamos sólo lo que necesitamos” después de todo hay otras bocas que alimentar en la comunidad – otra gente aparte de los Pinkhams. A pesar de su énfasis en la sostenibilidad, los indios han sobrevivido no sólo gracias a la conservación sino también a la adaptación. “Las tribus han sido agentes de cambio,” dice Morishima, “no se puede detener el reloj; es una actitud realmente adaptativa.” Por ejemplo cuando se propagó la infección de escarabajos de los pinos por los bosques de la tribu Yakama los indios reconocieron las razones de la infección: terrenos de bosque sobrecargado y de pobre salud. “Cuando surgió el brote, ellos tomaron acciones correctivas para cuidar del bosque y la tierra” cuenta Morishima. La reserva Yamaka demostró los más elevados principios de la sustentabilidad indígena con este suceso. Conceptos tomados de la viabilidad y sustentabilidad de las prácticas forestales de las tribus están ganando popularidad como un modelo de explotación forestal. Downes en el BIA, cree que los bosques indios pueden ser un modelo para los terratenientes públicos en incluso los privados debido al conocimiento tradicional y generacional que los indios tienen a ese respecto. Don Motanic, del concilio maderero inter tribal (www.itcnet.org) está de acuerdo: “Las prácticas forestales tribales podrían cumplir con las metas de un terrateniente privado si éste quisiera administrar el bosque por más de una generación.” Un Estado del Ser. Wesley, una mujer tribal y guardabosques, tiene su punto de vista particular al respecto. “Yo nunca he vivido fuera de la reserva (en Arizona) así que no me puedo referir al exterior” para Wesley, la administración y el respeto a los bosques son más que un proceso, es su propio ser. Al nacer, Wesley fue puesta en la tierra y su cordón umbilical fue enterrado en la tierra salvaje, un ritual que “creará una conexión esencial entre tu espíritu y el mundo natural,” dice Wesley. Esta es la perspectiva con la que Wesley afronta la silvicultura, una parte del hombre, no algo aparte, “todo lo que hagas, bueno o malo volverá a ti, lo que le hagas a la madre tierra volverá a tu tribu,” dice Wesley. “Algunos piensan que no forman parte del mundo natural. Todos estamos conectados a este planeta. Vivir “con” es un estado del ser; así fui criada. Imaginen, como sería la tierra y cuan diferente serían las vidas de sus habitantes si todos fuésemos criados de esa manera. |
martes, 20 de julio de 2010
Un cuento de lobos
Un viejo indio estaba hablando con su nieto.
Éste le decía:
-”Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión”.
-”Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión”.
El nieto preguntó:
-”Abuelo, dime, ¿cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?”
-”Abuelo, dime, ¿cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?”
El abuelo contestó:
-”Aquel que yo alimente”
-”Aquel que yo alimente”
lunes, 19 de julio de 2010
LAMPARITAS DEL BOSQUE
Muchas veces sucedían desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras él y sólo él sembraba la mala suerte en los campos. Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de "mudái", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.
Cuando la noche estaba más oscura, solía bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo más espeso del bosque encendía miles de lamparitas rojas con el fuego que traía del volcán, y así no perder el camino de vuelta. -Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna.
El Brujo no se medía para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por dónde andaba. Era la única manera de olvidar todas las maldades que hacía y la rabia que se le retorcía como culebra en el corazón. Esta rabia no tenía explicación; tal vez fuera la semilla de su propia brujería.
El mudái lo hacía volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas: "Soy un gorgorito, que se lleva el viento, y tengo cosquillas, de puro contento".
Hasta los niños, envueltos en sus mantas, despertaban y se reían del Brujo. Sabían que estando borracho no hacía daño a nadie. Y las risas infantiles caían como agua pura en el alma negra del Brujo; sentía una alegría rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques vírgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoció cuando él era un recién nacidoy no había hecho ninguna maldad todavía.
Entonces se preguntaba: -¿Por qué tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ¿qué otra cosa podía ser yo sino un malvado brujo? Y luego añadía con sonrisa lagrimosa: -Pero nací bueno... Lo recuerdo.
Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se ponía a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa. Y en el camino de vuelta, olvidábase de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. Así, durante casi todo el año, la selva lucía hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener guía, se ponía a dormir todas sus borracheras en el corazón caliente del volcán.
Los hombres y los animales descansaban de males y terrores. De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso más y más perverso. También se puso más tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza.
Y sucedió que un año llovió más de la cuenta y el verano se atrasó. El Brujo tuvo que esperar para encender sus lamparitas del bosque y como le hacía falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la montaña, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando niñas pequeñas para comérselas.
Cuando por fin llegó el buen tiempo, hubo más lamparitas que otras veces en el bosque. Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se vengó de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas. -¡Qué peste más terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ¿Qué comeremos este año? Y pensaban en sus niños que pasarían hambre.
Se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo. El más joven dijo: -Dejémosle el mudái junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ahí y cuando esté borracho, le damos la paliza. A ver si así no regresa. Algunos dijeron que sí y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque podía convertirlos en ranas o en peces. ¡Y hasta en piedras! - gritó otro más miedoso.
El de mediana edad aconsejó: -Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le dé dolor de estómago y le quite para siempre las ganas de tomarla. Pero también hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podría vengarse de manera terrible, robando los animales o matándolos.
Entonces habló el más anciano: -Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.
Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo. -La violencia nunca es una solución -concluyó el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final.
Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector. Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la montaña, con el Aguila Blanca.
Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los espíritus de los árboles, cuyos pensamientos son profundos como raíces y amplios como sombras. El espíritu del Canelo aconsejó lo más sabio: -El Brujo de la montaña necesita suslámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz.
Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la solución mejor y más sencilla. Y además, no encerraba ninguna violencia.
En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas del bosque. Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.
Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.
En torno a cada ruca se alinearon los cántaros llenos hasta los bordes. Allá, en su gruta, el Brujo, aún dormido, empezó a oler el agrio perfume con que el viento le hacía cosquillas, envolviéndolo de la cabeza a los pies. No tardó en despertar, sediento: -¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande.
Pidió a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio él le traería una indiecita para la comida.
¿Qué más se quería el gigante?
Bajó entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esperándolo se pusieron alerta. Encendiólámparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigió hacia los cientos de cántaros que rodeaban las rucas.
-Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste exclamó el Brujo, tragando sin parar-. La próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato. Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.
Poco antes del amanecer, cuando la noche es más oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inició su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas. -Vaya, ¿qué pasa con mis luces? -gritó con una voz que parecía salirle de las orejas, tan mareado se sentía.
Unas ligeras risas y murmullos sonaron aquí y allá. -¿Quién se ríe? ¡Ya verán! -aulló furioso, dándose encontrones con las ramas. Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita. Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, iluminándose en el agua como fuegos fatuos.
El Brujo suplicó que le devolvieran sus luces, dándose cuenta de que si conseguían arrebatárselas, estaba perdido. Pero los espíritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho. Solamente logró que los pensamientos de los árboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le hervía en la cabeza, cayó al suelo echando humos alcohólicos por boca y orejas.
Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca más el Cheruve le prestó una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas, como lamparitas del bosque.
Nunca más selk' nams
Los onas se llamaban a sí mismos selk' nams. Durante siglos vivieron en la isla Grande de Tierra del Fuego, en la Patagonia Argentina. Por largas exhalaciones de tiempo, habitaron junto al viento y la tierra, el guanaco y el bosque. Celebraron su inmemorial rito del hain, el centro de su vida religiosa, sustentado por el mito de la pelea del sol y la luna. Su mitología fue muy rica, frondosa. En 1923, el antropólogo austríaco Martín Gusinde visitó a los onas y presenció un hain. El resultado de aquella investigación es Los indios de Tierra del Fuego. Hacia 1880 los estancieros, muchos de ellos de origen inglés, comenzaron la colonización. Los territorios que antes eran el libre hogar del ona nómade y cazador, fueron cercados. Muchos onas rompieron las cercas y cazaron y comieron la carne de las ovejas, del nuevo animal llegado del otro lado del océano. Esa fue la ¨excusa¨ para la consumación de un genocidio olvidado, ignorado. Los ancestrales señores de la Tierra del Fuego fueron cazados, exterminados. Los estancieros recibieron el apoyo de tropas regulares del ejército argentino y de asesinos a sueldo. Los valerosos nativos de la isla intentaron defenderse. Pero, claro, muy poco pudo el arco y la flecha frente a la pistola y el rifle. Pocos onas sobrevivieron en las misiones salecianas. Pero luego padecieron epidemias, enfermedades contraídas del hombre blanco. Al cabo de escasas décadas los pocos sobrevivientes desaparecieron. La última ona, Angela Loij, murió en 1974. Desde entonces, en silencio, en soledad, la gran isla de la Tierra del Fuego oculta su nostalgia por aquellos seres que veneraban sus cerros, bosques, lagos y montañas. La nostalgia por aquellos onas, de tan rica imaginación y espiritualidad, que nunca más estarán. Y un homenaje a su memoria:
La mujer que habló con los últimos onas
Norteamericana de nacimiento, Chapman había logrado entrar en Tierra del Fuego al Haim, el recinto secreto para la iniciación de los jóvenes selk’nam.
Por Ana González Montes Anne Chapman defendió su autonomía personal hasta el último día de su vida. Falleció el sábado 12 de junio en un hospital de París. No tenía familia ni descendencia, pero muchos amigos y amigas en Francia, Honduras, México, Argentina, Chile y Nueva York. Le pido disculpas a Anne por contar que nació en Los Angeles, California, en el año 1922, ya que ella guardaba celosamente el secreto de su edad. Su padre, empresario, fue víctima de la Gran Depresión del año ‘30. Su madre, una pionera feminista y sufragista. Ella la admiraba mucho y se sentía identificada con esta orientación. Su hermana y su hermano vivieron en Estados Unidos, pero tampoco dejaron descendencia al morir. En los años ’40 marchó a México y se enroló en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), donde realizó su título de grado y posteriormente obtuvo su Maestría, en 1951. El Doctorado lo hizo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En el año 2007 los antropólogos mexicanos le rindieron un homenaje por pertenecer a la primera generación de estudiantes de la ENAH. En esa ocasión publicaron “Etnografía de los confines: Andanzas de Anne Chapman”. Tuve la oportunidad de compartir este momento con ella y me contó que para poder costearse los estudios modelaba sombreros.
Anne tuvo maestros memorables de la antropología y la etnología. Uno de ellos fue Paul Kirchhoff, exiliado de la Alemania nazi en México, con quien discutía escritos de Marx, Engels o Vitfogel. Fue Kirchhoff quien le despertó el interés por estudiar los lencas en Honduras. Producto de estos estudios fueron los textos: “Los Hijos del Copal y la Candela. Ritos Agrarios y Tradición Oral de los Lencas de Honduras”, 1985. Fue secretaria y asistente de Karl Polanyi, un húngaro socialista emigrado en Inglaterra, especialista en economía de las sociedades precapitalistas. Y cuando fue admitida como investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, de Francia, su director era Claude Lévi-Strauss.
Ser etnóloga en esa época no era fácil para una mujer. Si bien conoció a Margaret Mead y Ruth Benedict, eran algunas de las excepciones, y Anne tuvo que abrir su propio camino. Para ello debió optar por su profesión o formar una familia. Pocas veces hablaba de su vida personal, pero compartíamos una amistad y una misma orientación feminista y ella llegó a contarme la forma sutil en que los varones que se le acercaron sentimentalmente, y en algún caso llegaron a ser su pareja formal, desvalorizaban su actividad y obstaculizaban sus trabajos de campo en lugares remotos. El ser mujer también tuvo consecuencias para su trabajo como etnógrafa. Se le abrían unas puertas y se le cerraban otras en el conocimiento de la cultura y organización de las comunidades.
Durante mucho tiempo trabajó con los tolupanes en la Montaña de la Flor, en Honduras, no era un lugar de fácil acceso (“Los Hijos de la Muerte”, 1985). En 1998, en ocasión del Huracán Mitch, que devastó Honduras, no dudó en llegar hasta la Montaña de la Flor para saber si Lupita, a quien había conocido de niña en 1971 y con quien mantenía amistad desde entonces, estaba bien con sus hijos y nietos. Nadie podía llegar en ese momento, pero ella llegó. Como también llegaba a la Isla de los Estados, en el confín del mundo, a hacer arqueología. Así era Anne, empecinada y terca, excesivamente metódica y constreñida a su trabajo. A pesar de sus 88 años, todavía guardaba la esperanza de poder volver este año, en octubre, a Honduras.
Anne trabajó desde 1965 en adelante con Lola Kiepja, que vivía en una reserva indígena cercana al Lago Fagnano, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Lola había nacido alrededor del año 1880, cuando todavía los selk’nam hacían vida tribal, y conservaba la memoria de su pueblo. Angela Loij fue otra de las mujeres selk’nam con que trabajó Anne Chapman y compartió su amistad, “ella me dio la llave para entrar en el recinto secreto del Hain”, ceremonia de iniciación de los jóvenes selk’nam, que hablaba de un pasado matriarcado y aseguraba un orden patriarcal actual.
Dejó varias publicaciones al respecto: Los Selk’nam: la vida de los Onas, El fin de un mundo: los selk’nam de Tierra del Fuego, entre otros, y una película: Los Onas: vida y muerte en Tierra del Fuego (1977), que filmó y codirigió con Ana Montes, mi madre. Esta película ganó un premio en el Primer Festival de Cine de los Pueblos Indígenas en 1984, en México. En 1988 filmó Homenaje a los Yaganes, otro pueblo indígena que habita en los canales fueguinos.
Anne vivía gran parte del año en Buenos Aires, trabajando y escribiendo. En los últimos años, con la visibilización de los pueblos indígenas en Argentina, su obra cobró interés y se montaron exposiciones de sus fotos en el Palais de Glace y el Centro Cultural Borges, entre otros, y la última recientemente en la Municipalidad de Tigre.
Sus últimas publicaciones fueron un texto de más de 800 páginas sobre Charles Darwin y el Hain: Ceremonia Selk’nam de Iniciación (Santiago de Chile, 2003). Estaba muy urgida por publicar los cantos de Lola y sus transcripciones. Pero no llegó a tiempo.
Anne dejó Argentina pocos días antes de morir, sabiendo que no volvería. Estaba preocupada por el destino de su material etnográfico, que incluye textos, fotos, grabaciones y transcripciones de los últimos seres humanos que hablaron el selk’nam, conocido vulgarmente como ona. Este material probablemente sea el único que permita evitar la pérdida, en el agujero negro de la historia, de este idioma y esta cultura, perteneciente a un pueblo que tenía más de tres mil años de antigüedad y cuyos miembros y cultura fueran exterminados en 50 años por las balas y las enfermedades de los terratenientes que los reemplazaron por ovejas, a principios del siglo XX.
El mejor homenaje que le podemos hacer los amigos y amigas a Anne es que este patrimonio de los pueblos originarios se preserve para riqueza y conocimiento de los descendientes directos de los selk’nam y de una sociedad toda que se reconozca pluricultural.
* Antropóloga y feminista.
ONA QUE NUNCA MÁS ESTARÁS
Ona que nunca más estarás cerca de la fogata
de la Tierra del Fuego;
tu flecha y tu dignidad
es ya alba remota.
Dentro de la piedra y el árbol
deseo escuchar tu grito.
Pero sé que tus huesos triturados
gimen en tumbas sin semillas.
Y en el bosque
tu nombre no ríe en la madera;
el arroyo y el cerro
nos escuchan
tus relatos
antiguos.
El cóndor desde su camino de nubes,
no atisba tu choza y tus ritos
porque tú ya nunca más estarás.
En un ocaso que sudaba amargura
llegaron a tu isla
los seres sin dios.
Tenían brazos que se extendían
y concluían
en bocas de metal.Bocas que escupieron sobre ti
los témpanos
de hielo asesino
que mataron tu honra
casi desnuda.
Y cerca, el guanaco y el cormorán
contemplaron el rostro
de tus chamanes y mujeres,
tus cazadores y guerreros
tiznados con la ceniza final
de un fuego
desvanecido.
Entonces, tus dioses y tus ancestros
se alejaron en un viento
acribillado de fango.
Y sangre.
Pero yo, a través del agua y la araucaria
quiero invocar
el regreso de tu voz, extraña.
De magia.
Pero sé que ya nunca más
danzarás en el altar
de tus dioses y antepasados,
ni escucharás los lenguajes
de los animales venerados.
En la noche de Luna, de Kra,en la erupción diaria de Sol, Krren,
nunca más estarás.
Nunca más estarás
próximo a la cascada,
la nieve, el lago.
Y el volcán.
Sin embargo, a la gran isla que te alimentó
alguna vez deberé preguntarle
por qué el viento de la patagónica tierra
continúa repitiendo
las voces de tu pueblo.
de la Tierra del Fuego;
tu flecha y tu dignidad
es ya alba remota.
Dentro de la piedra y el árbol
deseo escuchar tu grito.
Pero sé que tus huesos triturados
gimen en tumbas sin semillas.
Y en el bosque
tu nombre no ríe en la madera;
el arroyo y el cerro
nos escuchan
tus relatos
antiguos.
El cóndor desde su camino de nubes,
no atisba tu choza y tus ritos
porque tú ya nunca más estarás.
En un ocaso que sudaba amargura
llegaron a tu isla
los seres sin dios.
Tenían brazos que se extendían
y concluían
en bocas de metal.Bocas que escupieron sobre ti
los témpanos
de hielo asesino
que mataron tu honra
casi desnuda.
Y cerca, el guanaco y el cormorán
contemplaron el rostro
de tus chamanes y mujeres,
tus cazadores y guerreros
tiznados con la ceniza final
de un fuego
desvanecido.
Entonces, tus dioses y tus ancestros
se alejaron en un viento
acribillado de fango.
Y sangre.
Pero yo, a través del agua y la araucaria
quiero invocar
el regreso de tu voz, extraña.
De magia.
Pero sé que ya nunca más
danzarás en el altar
de tus dioses y antepasados,
ni escucharás los lenguajes
de los animales venerados.
En la noche de Luna, de Kra,en la erupción diaria de Sol, Krren,
nunca más estarás.
Nunca más estarás
próximo a la cascada,
la nieve, el lago.
Y el volcán.
Sin embargo, a la gran isla que te alimentó
alguna vez deberé preguntarle
por qué el viento de la patagónica tierra
continúa repitiendo
las voces de tu pueblo.
sábado, 17 de julio de 2010
El Impenetrable o la agonía Qom
Por Mempo Giardinelli
En estos tiempos el Chaco concita la atención de todo el mundo. Prensa y televisión global vienen a mirar los estragos de la desnutrición que afecta a miles de aborígenes en los bosques que se conocen –ya impropiamente– como El Impenetrable.
Mi colega y amiga Cristina Civale, autora del blog Civilización y Barbarie, del diario Clarín, me invita a acompañarla. No es la primera invitación que recibo, pero sí la primera que acepto. Rehusé viajar antes de las recientes elecciones, porque, obviamente, cualquier impresión escrita se habría interpretado como denuncia electoral. Y yo estoy convencido, desde hace mucho, de que la espantosa situación socioeconómica en que se encuentran los pueblos originarios del Chaco, y su vaciamiento sociocultural, no son mérito de un gobierno en particular de los últimos 30 o 40 años (los hubo civiles y militares; peronistas, procesistas y radicales) sino de todos ellos.
Primero nos detenemos en Sáenz Peña, la segunda ciudad del Chaco (90 mil habitantes), para una visita clandestina –no pedida ni autorizada– al Hospital Ramón Carrillo, el segundo más importante de esta provincia. Civale toma notas y entrevista a pacientes indígenas en las salas de Tisiología, mientras yo recorro los pasillos mojados bajo las infinitas goteras de los techos, y miro las paredes rotas, despintadas y sucias, los patios roñosos y un pozo negro abierto y rebalsando junto a la cocina.
Aunque el frente del hospital está recién pintado, detrás hay un basural a cielo abierto en medio de dos pabellones. Vidrios y muebles rotos, escombros, radiografías, cascotes y deshechos quirúrgicos enmarcan las salas donde los pacientes son sólo cuerpos chupados por enfermedades como la tuberculosis o el Chagas. Me impresiona la mucha gente que hay tirada en los pisos, no sé si son pacientes o familiares, lo mismo da.
Una hora después, en el camino hasta Juan José Castelli –población de 30 mil habitantes que se autocalifica “Portal del Impenetrable”– la desazón y la rabia se perfeccionan al observar lo que queda del otrora Chaco boscoso. Lo que fue imperio de quebrachos centenarios y fauna maravillosa, ahora son campos quemados, de suelo arenoso y desértico, con raigones por doquier esperando las topadoras que prepararán esta tierra para el festival de soja transgénica que asuela nuestro país.
Entramos –nuevamente por atrás– al Hospital de Castelli, que se supone atiende al 90 o 95 por ciento de los aborígenes de todo el Impenetrable. Lo que veo allí me golpea el pecho, las sienes, los huevos: por lo menos dos docenas de seres en condiciones definitivamente inhumanas. Parecen ex personas, apenas piel sobre huesos, cuerpos como los de los campos de concentración nazis.
Una mujer de 37 años que pesa menos de 30 kilos parece tener más de 70. No puede alzar los brazos, no entiende lo que se le pregunta. Cinco metros más allá una anciana (o eso parece) es apenas un montoncito de huesos sobre una cama desvencijada. El olor rancio es insoportable, las moscas gordas parecen ser lo único saludable, no hay médicos a la vista e impera un silencio espeso, pesado y acusador como el de los familiares que esperan junto a las camas, o tirados en el piso del pasillo, también aquí, sobre mantas mugrientas, quietos como quien espera a la Muerte, esa condenada que encima, aquí, se demora en venir.
Siento una furia nueva y creciente, una impotencia absoluta. Le pregunto a una joven enfermera que limpia un aparador vidriado si siempre es así. “Siempre”, responde irguiéndose con un trapo sucio en la mano, “aunque últimamente han sacado muchos, desde que empezó a venir la tele”.
Es flaquita y tiene cara de buena gente: se le ve más resignación que resentimiento. Son 44 enfermeros en todo el hospital pero no alcanzan para los tres turnos. Trabajan ocho horas diarias cinco días por semana y cobran alrededor de mil pesos los universitarios, y menos de 600 los contratados, como ella. Los días de lluvia los techos se llueven y esto es un infierno, dice y señala los machimbres podridos y los pozos negros saturados que revientan de mierda en baños y patios. Y todo se lava con agua, nomás, porque “no tenemos lavandina”.
Camino por otro pasillo y llego a Obstetricia y Pediatría. Allí todos son tobas. Una chiquilla llora ante su hijo, un saquito de huesos morenos con dos ojos enormes que duele mirar. Otra joven dice que no sabe qué tiene su nena pero no quiere que muera, aunque es obvio que se está muriendo. Hay una veintena de camas en el sector y en todas lo mismo: desnutrición extrema, mugre en las sábanas, miles de moscas, desolación y miedo en las miradas.
Después viajamos otra hora y el cuadro se hace más y más grotesco. Paramos en Fortín Lavalle, Villa Río Bermejito, las tierras allende el Puente La Sirena, los parajes El Colchón, El Espinillo y varios más. Son decenas de ranchos de barro y paja, taperas infames donde se hacinan familias de la etnia Qom (tobas). Todas, sin excepción, en condiciones infrahumanas.
Digan lo que digan, estas tierras –más de tres millones de hectáreas– fueron vendidas con los aborígenes dentro. Son varios miles y están ahí desde siempre, pero no tienen títulos, papeles, ni saben cómo conseguirlos. Los amigos del poder sí los tienen, y los hacen valer. El resultado es la devastación del Impenetrable: cuando el bosque se tala, las especies animales desaparecen, se extinguen. Los seres humanos también.
Y aunque algunas buenas almas urbanas digan lo contrario, y se escandalicen ciertas dirigencias, en el ahora ex Impenetrable chaqueño palabras duras como exterminio o genocidio tienen vigencia.
Desfilan ante nuestros ojos enfermos de tuberculosis, Chagas, lesmaniasis, niños empiojados que sólo han comido harina mojada en agua, rodeados de perros flacos, huesudos y ojerosos como sus dueños. Se llaman Margarita, Nazario, Abraham, María y lo mismo da. Casi todos dicen ser evangelistas, de la Asamblea de Dios, de la Iglesia Universal, de “los pentecostales” o “los anglicanos”.
Involuntariamente irónico, evoco a Yupanqui: “Por aquí, Dios no pasó”.
Al caer la tarde estoy quebrado, roto, y sólo atino a borronear estos apuntes, indignado, consciente de su inutilidad. Al partir de regreso veo en un caserío un cartel deshilachado por el sol: “Con la fuerza de Rozas, vote lista 651”. Y en la pared de un rancho de barro, seguramente infestada de vinchucas, veo un corazón rojo como el de los pastores mediáticos brasileños de “Pare de sufrir”. Abajo dice: “Chaco merece más. Vote Capitanich”.
A unos 400 kilómetros de aquí el escrutinio final de las elecciones avanza lenta, nerviosamente. En alguna oficina el ministro de Salud de esta provincia seguirá negando todo esto, mientras el gobernador se prepara para ser senador y vivir en Buenos Aires, bien lejos de aquí, como casi todos los legisladores.
Nunca antes el Chaco ni este país me habían dolido tanto.
viernes, 16 de julio de 2010
Sobre Libertad y Honor
Lo más importante para la gente blanca es la libertad. Lo más importante para los indios es el honor.
El mundo blanco pone todo el poder arriba. Cuando alguien llega a la cumbre, tiene el poder de quitarte tu libertad. En sus iglesias hay alguien a la cabeza. En sus escuelas también. En su gobierno. En sus negocios. Siempre hay alguien en la cumbre, y esa persona tiene el derecho de decir si eres bueno o malo. Les perteneces. Con razón los americanos siempre se preocupan por su libertad. ¡Tienen tan poca! Si no la protegen, alguien se las quitará.
Cuando ustedes llegaron entre nosotros, no podían entender nuestras maneras. Querían encontrar a la persona de arriba. Querían encontrar las cercas que nos limitaban. Su mundo estaba hecho de jaulas y pensaban que el nuestro también lo estaba.
Todo parecía una jaula. Sus ropas los entallaban como jaulas. Sus casas parecían jaulas. Colocaban cercas en sus patios y parecían jaulas. Todo era una jaula. Ustedes convirtieron la tierra en una jaula. Pequeños cuadros. Y luego formaron un gobierno para proteger esas jaulas. Y el gobierno era sólo jaulas. La única libertad que tenían era dentro de su propia jaula. ¡Y luego se preguntaban por qué no eran felices y por qué no se sentían libres!
Nosotros nunca pensamos así. Todos éramos libres. No hacíamos jaulas de las leyes ni de la tierra. Nosotros creíamos en el honor. Para nosotros, el hombre blanco parecía un ciego caminando: sabía que estaba en el camino equivocado cuando se tropezaba con la orilla de una de sus jaulas. Nuestra guía estaba adentro, y no afuera. Era el honor. Era más importante para nosotros saber lo que estaba bien, que saber lo que estaba mal.
Observábamos a los animales y veíamos lo que era apropiado. Veíamos cómo cada animal tenía sabiduría, y tratábamos de aprender esa sabiduría. Observábamos cómo se llevaban entre ellos y cómo criaban a sus pequeños. No buscábamos lo que estaba mal. En lugar de eso, siempre nos esforzábamos por hacer lo que estaba bien. Y esa búsqueda era lo que nos mantenía en el buen camino, no las reglas ni las cercas. Queríamos honor para nosotros mismos y para nuestras familias.
La libertad sólo es importante cuando otros están tratando de encadenarte. Nosotros no teníamos cadenas, así que no necesitábamos libertad. Siempre habíamos tenido nuestra libertad, así que ustedes no tenían nada de valor para darnos. Lo único que podían hacer era quitárnosla y luego regresárnosla en forma de jaulas.Ustedes nos quitaron nuestro honor y nos dieron su libertad. E incluso ustedes mismos saben que eso no es libertad en absoluto. Es simplemente la libertad de vivir dentro de sus propias jaulas cerradas.
Extractos del libro
"Neither Wolf nor Dog. On Forgotten Roads with an Indian Elder"
"Ni Lobo ni Perro. Por Senderos Olvidados con un Anciano Indio"
por Kent Nerburn, 1994.
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