sábado, 17 de julio de 2010

El Impenetrable o la agonía Qom


Por Mempo Giardinelli 

En estos tiempos el Chaco concita la atención de todo el mundo. Prensa y televisión global vienen a mirar los estragos de la desnutrición que afecta a miles de aborígenes en los bosques que se conocen –ya impropiamente– como El Impenetrable.

Mi colega y amiga Cristina Civale, autora del blog Civilización y Barbarie, del diario Clarín, me invita a acompañarla. No es la primera invitación que recibo, pero sí la primera que acepto. Rehusé viajar antes de las recientes elecciones, porque, obviamente, cualquier impresión escrita se habría interpretado como denuncia electoral. Y yo estoy convencido, desde hace mucho, de que la espantosa situación socioeconómica en que se encuentran los pueblos originarios del Chaco, y su vaciamiento sociocultural, no son mérito de un gobierno en particular de los últimos 30 o 40 años (los hubo civiles y militares; peronistas, procesistas y radicales) sino de todos ellos.

Primero nos detenemos en Sáenz Peña, la segunda ciudad del Chaco (90 mil habitantes), para una visita clandestina –no pedida ni autorizada– al Hospital Ramón Carrillo, el segundo más importante de esta provincia. Civale toma notas y entrevista a pacientes indígenas en las salas de Tisiología, mientras yo recorro los pasillos mojados bajo las infinitas goteras de los techos, y miro las paredes rotas, despintadas y sucias, los patios roñosos y un pozo negro abierto y rebalsando junto a la cocina.

Aunque el frente del hospital está recién pintado, detrás hay un basural a cielo abierto en medio de dos pabellones. Vidrios y muebles rotos, escombros, radiografías, cascotes y deshechos quirúrgicos enmarcan las salas donde los pacientes son sólo cuerpos chupados por enfermedades como la tuberculosis o el Chagas. Me impresiona la mucha gente que hay tirada en los pisos, no sé si son pacientes o familiares, lo mismo da.

Una hora después, en el camino hasta Juan José Castelli –población de 30 mil habitantes que se autocalifica “Portal del Impenetrable”– la desazón y la rabia se perfeccionan al observar lo que queda del otrora Chaco boscoso. Lo que fue imperio de quebrachos centenarios y fauna maravillosa, ahora son campos quemados, de suelo arenoso y desértico, con raigones por doquier esperando las topadoras que prepararán esta tierra para el festival de soja transgénica que asuela nuestro país.

Entramos –nuevamente por atrás– al Hospital de Castelli, que se supone atiende al 90 o 95 por ciento de los aborígenes de todo el Impenetrable. Lo que veo allí me golpea el pecho, las sienes, los huevos: por lo menos dos docenas de seres en condiciones definitivamente inhumanas. Parecen ex personas, apenas piel sobre huesos, cuerpos como los de los campos de concentración nazis.

Una mujer de 37 años que pesa menos de 30 kilos parece tener más de 70. No puede alzar los brazos, no entiende lo que se le pregunta. Cinco metros más allá una anciana (o eso parece) es apenas un montoncito de huesos sobre una cama desvencijada. El olor rancio es insoportable, las moscas gordas parecen ser lo único saludable, no hay médicos a la vista e impera un silencio espeso, pesado y acusador como el de los familiares que esperan junto a las camas, o tirados en el piso del pasillo, también aquí, sobre mantas mugrientas, quietos como quien espera a la Muerte, esa condenada que encima, aquí, se demora en venir.

Siento una furia nueva y creciente, una impotencia absoluta. Le pregunto a una joven enfermera que limpia un aparador vidriado si siempre es así. “Siempre”, responde irguiéndose con un trapo sucio en la mano, “aunque últimamente han sacado muchos, desde que empezó a venir la tele”.

Es flaquita y tiene cara de buena gente: se le ve más resignación que resentimiento. Son 44 enfermeros en todo el hospital pero no alcanzan para los tres turnos. Trabajan ocho horas diarias cinco días por semana y cobran alrededor de mil pesos los universitarios, y menos de 600 los contratados, como ella. Los días de lluvia los techos se llueven y esto es un infierno, dice y señala los machimbres podridos y los pozos negros saturados que revientan de mierda en baños y patios. Y todo se lava con agua, nomás, porque “no tenemos lavandina”.

Camino por otro pasillo y llego a Obstetricia y Pediatría. Allí todos son tobas. Una chiquilla llora ante su hijo, un saquito de huesos morenos con dos ojos enormes que duele mirar. Otra joven dice que no sabe qué tiene su nena pero no quiere que muera, aunque es obvio que se está muriendo. Hay una veintena de camas en el sector y en todas lo mismo: desnutrición extrema, mugre en las sábanas, miles de moscas, desolación y miedo en las miradas.

Después viajamos otra hora y el cuadro se hace más y más grotesco. Paramos en Fortín Lavalle, Villa Río Bermejito, las tierras allende el Puente La Sirena, los parajes El Colchón, El Espinillo y varios más. Son decenas de ranchos de barro y paja, taperas infames donde se hacinan familias de la etnia Qom (tobas). Todas, sin excepción, en condiciones infrahumanas.
Digan lo que digan, estas tierras –más de tres millones de hectáreas– fueron vendidas con los aborígenes dentro. Son varios miles y están ahí desde siempre, pero no tienen títulos, papeles, ni saben cómo conseguirlos. Los amigos del poder sí los tienen, y los hacen valer. El resultado es la devastación del Impenetrable: cuando el bosque se tala, las especies animales desaparecen, se extinguen. Los seres humanos también.

Y aunque algunas buenas almas urbanas digan lo contrario, y se escandalicen ciertas dirigencias, en el ahora ex Impenetrable chaqueño palabras duras como exterminio o genocidio tienen vigencia.

Desfilan ante nuestros ojos enfermos de tuberculosis, Chagas, lesmaniasis, niños empiojados que sólo han comido harina mojada en agua, rodeados de perros flacos, huesudos y ojerosos como sus dueños. Se llaman Margarita, Nazario, Abraham, María y lo mismo da. Casi todos dicen ser evangelistas, de la Asamblea de Dios, de la Iglesia Universal, de “los pentecostales” o “los anglicanos”.

Involuntariamente irónico, evoco a Yupanqui: “Por aquí, Dios no pasó”.

Al caer la tarde estoy quebrado, roto, y sólo atino a borronear estos apuntes, indignado, consciente de su inutilidad. Al partir de regreso veo en un caserío un cartel deshilachado por el sol: “Con la fuerza de Rozas, vote lista 651”. Y en la pared de un rancho de barro, seguramente infestada de vinchucas, veo un corazón rojo como el de los pastores mediáticos brasileños de “Pare de sufrir”. Abajo dice: “Chaco merece más. Vote Capitanich”.

A unos 400 kilómetros de aquí el escrutinio final de las elecciones avanza lenta, nerviosamente. En alguna oficina el ministro de Salud de esta provincia seguirá negando todo esto, mientras el gobernador se prepara para ser senador y vivir en Buenos Aires, bien lejos de aquí, como casi todos los legisladores.

Nunca antes el Chaco ni este país me habían dolido tanto.

viernes, 16 de julio de 2010

Sobre Libertad y Honor





Lo más importante para la gente blanca es la libertad. Lo más importante para los indios es el honor.

El mundo blanco pone todo el poder arriba. Cuando alguien llega a la cumbre, tiene el poder de quitarte tu libertad. En sus iglesias hay alguien a la cabeza. En sus escuelas también. En su gobierno. En sus negocios. Siempre hay alguien en la cumbre, y esa persona tiene el derecho de decir si eres bueno o malo. Les perteneces. Con razón los americanos siempre se preocupan por su libertad. ¡Tienen tan poca! Si no la protegen, alguien se las quitará.
Cuando ustedes llegaron entre nosotros, no podían entender nuestras maneras. Querían encontrar a la persona de arriba. Querían encontrar las cercas que nos limitaban. Su mundo estaba hecho de jaulas y pensaban que el nuestro también lo estaba.
Todo parecía una jaula. Sus ropas los entallaban como jaulas. Sus casas parecían jaulas. Colocaban cercas en sus patios y parecían jaulas. Todo era una jaula. Ustedes convirtieron la tierra en una jaula. Pequeños cuadros. Y luego formaron un gobierno para proteger esas jaulas. Y el gobierno era sólo jaulas. La única libertad que tenían era dentro de su propia jaula. ¡Y luego se preguntaban por qué no eran felices y por qué no se sentían libres!
Nosotros nunca pensamos así. Todos éramos libres. No hacíamos jaulas de las leyes ni de la tierra. Nosotros creíamos en el honor. Para nosotros, el hombre blanco parecía un ciego caminando: sabía que estaba en el camino equivocado cuando se tropezaba con la orilla de una de sus jaulas. Nuestra guía estaba adentro, y no afuera. Era el honor. Era más importante para nosotros saber lo que estaba bien, que saber lo que estaba mal.
Observábamos a los animales y veíamos lo que era apropiado. Veíamos cómo cada animal tenía sabiduría, y tratábamos de aprender esa sabiduría. Observábamos cómo se llevaban entre ellos y cómo criaban a sus pequeños. No buscábamos lo que estaba mal. En lugar de eso, siempre nos esforzábamos por hacer lo que estaba bien. Y esa búsqueda era lo que nos mantenía en el buen camino, no las reglas ni las cercas. Queríamos honor para nosotros mismos y para nuestras familias.
La libertad sólo es importante cuando otros están tratando de encadenarte. Nosotros no teníamos cadenas, así que no necesitábamos libertad. Siempre habíamos tenido nuestra libertad, así que ustedes no tenían nada de valor para darnos. Lo único que podían hacer era quitárnosla y luego regresárnosla en forma de jaulas.Ustedes nos quitaron nuestro honor y nos dieron su libertad. E incluso ustedes mismos saben que eso no es libertad en absoluto. Es simplemente la libertad de vivir dentro de sus propias jaulas cerradas.

Extractos del libro
"Neither Wolf nor Dog. On Forgotten Roads with an Indian Elder"
"Ni Lobo ni Perro. Por Senderos Olvidados con un Anciano Indio"
por Kent Nerburn, 1994.

jueves, 15 de julio de 2010

"Ni lobo ni perro. Por senderos olvidados con un anciano Indio"



















Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo.
De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras.
Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros.
Observa, escucha y luego actúa, nos decían.
Esa es la manera de vivir.

Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías.
Observa a los ancianos para ver cómo se comportan.
Observa al hombre blanco para ver qué quiere.
Siempre observa primero, con corazón y mente quietos, y entonces aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar.

Con ustedes es lo contrario.
Ustedes aprenden hablando.
Premian a los niños que hablan más en la escuela.
En sus fiestas todos tratan de hablar.
En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces.
Y le llaman "resolver un problema".
Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos.
Tienen que llenar el espacio con sonidos.
Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir.

A la gente blanca le gusta discutir.
Ni siquiera permiten que el otro termine una frase. Siempre interrumpen.

Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido.
Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé.
Quizás deje de escucharte si no me gusta lo que estás diciendo.
Pero no voy a interrumpirte.
Cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante.
De lo contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré.
Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir.
Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca.

La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas.
Deberían plantarlas y luego permitirles crecer en silencio.
Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla.

Existen muchas voces además de las nuestras.

Muchas voces...

Sabiduría de la Kabbalah

Kent Nerburn

Los Colosos


(Leyenda Sélknam - América austral - Chile-Argentina)

"...Kenós un enorme coloso de treinta y ocho metros
pisó por primera vez el planeta
cuando la tierra era tan joven,
que sobre ella no existía nada más
que una gran, inmensa y desolada pampa.

Temaukel, su padre, y padre de todo el universo
lo envió a dar forma y vida sobre
la superficie del mundo.

Al tiempo de estar habitando en la soledad,
necesitó alguien para
compartir y entretenerse, un amigo.
Miró hacia el cielo;
Temaukel escuchó su lamento,
dándole entonces la capacidad
para crear otros dioses grandes y semejantes a él.

Puso manos a la obra,
y pronto contó Kenós con tres hermanos gigantes;
ellos fueron Cenuque, Cóoj y Taiyín,
junto a quienes recorrió de arriba a abajo
y de un lado para otro
poniendo las montañas donde no existían,
las nieves en sus cumbres,
los bosques,
los animales grandes y pequeños,
los que viven de día
y los de la noche.
Crearon las plantas,
entre ellas
las que tienen raíces para
afirmarse por sí solas y aquellas que cuelgan largas
voladoras desde un árbol.
Todos,
cada uno de los seres y cosas que dan vida
y forman la tierra
fueron establecidas por Kenós, Cenuque, Cóoj y Taiyín.

Las largas travesías agotaron el cuerpo de Kenós,
quien un día sintiéndose viejo
llamó a sus tres compañeros
para avisarles que había llegado su tiempo de morir.

Les pidió lo acompañaran hacia el Sur,
pues mirando al Sur mueren los guerreros.

Cuando llegaron al lugar elegido
les indicó como debían sepultarlo a tres pisos
bajo el suelo mirando a Temaukel.

Viendo a sus tres hermanos ancianos y cansados les dijo:
-Todas las formas tiene su tiempo, esperen y verán.

Poco debieron aguardar los colosos,
quienes con gran alegría,
a las tres semanas
vieron a Kenós pararse en sus pies.

Era maravilloso ser inmortales
y cada cierta cantidad de años volver a ser
jóvenes; luego comprenderían algo más sobre la vida y la muerte.

Largos siglos vivieron estos gigantes de Tierra del Fuego
transformando la enorme pampa original,
en el mundo que hoy conocemos
con sus infinitos senderos y colores.

La tarea estaba tocando a su fin
cuando Cóoj el más enérgico y puro, se acercó a
Kenós diciéndole:
-Amigo, nuevamente ha llegado mi hora del reposo,
pero esta vez no deseo
volver a renacer.

Mi cuerpo está cansado
y mi caspi anhela su sitio final
junto a Temaukel nuestro creador.

Lo miró Kenós con tristeza
sabiendo que su naturaleza como inmortales no podía
aspirar a estar eternamente junto a Temaukel,
sino que debía permanecer por toda la eternidad
cumpliendo una misión para El,
y para las obras de su creación.
Le hizo saber a Cóoj que el
reposo de su caspi sólo encontraría
su lugar definitivo aquí en la tierra o en el espacio
cósmico de las estrellas siendo una más entre todas.

Nada supo decir Cóoj.
Se había equivocado.
Más bien,
no había comprendido el significado de ser inmortal.
Muy triste se
retiró a llorar su pena.

Caminó hacia el este solitario
derramando torrentes de lágrimas.
Los gruesos goterones
que rodaron por sus pómulos cayeron sobre la tierra
cubriéndola de agua salada
de amargura,
agua que no alcanzó a secar el calor del sol.

Su llanto anegó profundas quebradas y
valles por el oriente,
rebasando los límites
de las altas cumbres hundiéndolas con su peso.

Tanta y tan enorme fue su pena,
que cuando se detuvo y miró hacia el oeste
pensando en regresar junto a Kenós,
su mirada no divisó los territorios caminados en su
peregrinar.

Las lágrimas formaban enormes lagos
los cuales serían llenados posteriormente
por el agua de las nieves y glaciares
que cubrieron la superficie terrestre con su blanca capa de
hielos, cuando el norte se enojó con el sur.

Vio Cóoj el resultado
de su último trabajo comprendiendo cual era el destino
final de su caspi;
entonces reclinando su cuerpo,
besó por última vez la roca seca y se
sumergió...."