lunes, 19 de julio de 2010

LAMPARITAS DEL BOSQUE


En una profunda caverna, cerca del cráter de un volcán, vivía el Gran Brujo, atormentado por sus maldades. Era como el jefe de los brujos menores y de los brujitos. Pasaba inventando diabluras más o menos graves. La gente de los valles le tenía miedo porque creían que era el causante de todas sus enfermedades y de la muerte de sus rebaños de llamas y guanacos y de sus aves de corral.

Muchas veces sucedían desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras él y sólo él sembraba la mala suerte en los campos. Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de "mudái", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.

Cuando la noche estaba más oscura, solía bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo más espeso del bosque encendía miles de lamparitas rojas con el fuego que traía del volcán, y así no perder el camino de vuelta. -Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna.

El Brujo no se medía para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por dónde andaba. Era la única manera de olvidar todas las maldades que hacía y la rabia que se le retorcía como culebra en el corazón. Esta rabia no tenía explicación; tal vez fuera la semilla de su propia brujería.

El mudái lo hacía volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas: "Soy un gorgorito, que se lleva el viento, y tengo cosquillas, de puro contento".

Hasta los niños, envueltos en sus mantas, despertaban y se reían del Brujo. Sabían que estando borracho no hacía daño a nadie. Y las risas infantiles caían como agua pura en el alma negra del Brujo; sentía una alegría rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques vírgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoció cuando él era un recién nacidoy no había hecho ninguna maldad todavía.

Entonces se preguntaba: -¿Por qué tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ¿qué otra cosa podía ser yo sino un malvado brujo? Y luego añadía con sonrisa lagrimosa: -Pero nací bueno... Lo recuerdo.

Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se ponía a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa. Y en el camino de vuelta, olvidábase de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. Así, durante casi todo el año, la selva lucía hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener guía, se ponía a dormir todas sus borracheras en el corazón caliente del volcán.

Los hombres y los animales descansaban de males y terrores. De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso más y más perverso. También se puso más tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza.

Y sucedió que un año llovió más de la cuenta y el verano se atrasó. El Brujo tuvo que esperar para encender sus lamparitas del bosque y como le hacía falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la montaña, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando niñas pequeñas para comérselas.

Cuando por fin llegó el buen tiempo, hubo más lamparitas que otras veces en el bosque. Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se vengó de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas. -¡Qué peste más terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ¿Qué comeremos este año? Y pensaban en sus niños que pasarían hambre.

Se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo. El más joven dijo: -Dejémosle el mudái junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ahí y cuando esté borracho, le damos la paliza. A ver si así no regresa. Algunos dijeron que sí y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque podía convertirlos en ranas o en peces. ¡Y hasta en piedras! - gritó otro más miedoso.

El de mediana edad aconsejó: -Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le dé dolor de estómago y le quite para siempre las ganas de tomarla. Pero también hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podría vengarse de manera terrible, robando los animales o matándolos.

Entonces habló el más anciano: -Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.

Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo. -La violencia nunca es una solución -concluyó el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final.

Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector. Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la montaña, con el Aguila Blanca.

Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los espíritus de los árboles, cuyos pensamientos son profundos como raíces y amplios como sombras. El espíritu del Canelo aconsejó lo más sabio: -El Brujo de la montaña necesita suslámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz.

Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la solución mejor y más sencilla. Y además, no encerraba ninguna violencia.

En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas del bosque. Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.

Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.

En torno a cada ruca se alinearon los cántaros llenos hasta los bordes. Allá, en su gruta, el Brujo, aún dormido, empezó a oler el agrio perfume con que el viento le hacía cosquillas, envolviéndolo de la cabeza a los pies. No tardó en despertar, sediento: -¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande.

Pidió a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio él le traería una indiecita para la comida.

¿Qué más se quería el gigante?

Bajó entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esperándolo se pusieron alerta. Encendiólámparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigió hacia los cientos de cántaros que rodeaban las rucas.

-Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste exclamó el Brujo, tragando sin parar-. La próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato. Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.

Poco antes del amanecer, cuando la noche es más oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inició su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas. -Vaya, ¿qué pasa con mis luces? -gritó con una voz que parecía salirle de las orejas, tan mareado se sentía.

Unas ligeras risas y murmullos sonaron aquí y allá. -¿Quién se ríe? ¡Ya verán! -aulló furioso, dándose encontrones con las ramas. Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita. Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, iluminándose en el agua como fuegos fatuos.

El Brujo suplicó que le devolvieran sus luces, dándose cuenta de que si conseguían arrebatárselas, estaba perdido. Pero los espíritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho. Solamente logró que los pensamientos de los árboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le hervía en la cabeza, cayó al suelo echando humos alcohólicos por boca y orejas.

Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca más el Cheruve le prestó una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas, como lamparitas del bosque.

Nunca más selk' nams




Los onas se llamaban a sí mismos selk' nams. Durante siglos vivieron en la isla Grande de Tierra del Fuego, en la Patagonia Argentina. Por largas exhalaciones de tiempo, habitaron junto al viento y la tierra, el guanaco y el bosque. Celebraron su inmemorial rito del hain, el centro de su vida religiosa, sustentado por el mito de la pelea del sol y la luna. Su mitología fue muy rica, frondosa. En 1923, el antropólogo austríaco Martín Gusinde visitó a los onas y presenció un hain. El resultado de aquella investigación es Los indios de Tierra del Fuego. Hacia 1880 los estancieros, muchos de ellos de origen inglés, comenzaron la colonización. Los territorios que antes eran el libre hogar del ona nómade y cazador, fueron cercados. Muchos onas rompieron las cercas y cazaron y comieron la carne de las ovejas, del nuevo animal llegado del otro lado del océano. Esa fue la ¨excusa¨ para la consumación de un genocidio olvidado, ignorado. Los ancestrales señores de la Tierra del Fuego fueron cazados, exterminados. Los estancieros recibieron el apoyo de tropas regulares del ejército argentino y de asesinos a sueldo. Los valerosos nativos de la isla intentaron defenderse. Pero, claro, muy poco pudo el arco y la flecha frente a la pistola y el rifle. Pocos onas sobrevivieron en las misiones salecianas. Pero luego padecieron epidemias, enfermedades contraídas del hombre blanco. Al cabo de escasas décadas los pocos sobrevivientes desaparecieron. La última ona, Angela Loij, murió en 1974. Desde entonces, en silencio, en soledad, la gran isla de la Tierra del Fuego oculta su nostalgia por aquellos seres que veneraban sus cerros, bosques, lagos y montañas. La nostalgia por aquellos onas, de tan rica imaginación y espiritualidad, que nunca más estarán. Y un homenaje a su memoria:

La mujer que habló con los últimos onas

Norteamericana de nacimiento, Chapman había logrado entrar en Tierra del Fuego al Haim, el recinto secreto para la iniciación de los jóvenes selk’nam.
 Por Ana González Montes 

Anne Chapman defendió su autonomía personal hasta el último día de su vida. Falleció el sábado 12 de junio en un hospital de París. No tenía familia ni descendencia, pero muchos amigos y amigas en Francia, Honduras, México, Argentina, Chile y Nueva York. Le pido disculpas a Anne por contar que nació en Los Angeles, California, en el año 1922, ya que ella guardaba celosamente el secreto de su edad. Su padre, empresario, fue víctima de la Gran Depresión del año ‘30. Su madre, una pionera feminista y sufragista. Ella la admiraba mucho y se sentía identificada con esta orientación. Su hermana y su hermano vivieron en Estados Unidos, pero tampoco dejaron descendencia al morir. En los años ’40 marchó a México y se enroló en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), donde realizó su título de grado y posteriormente obtuvo su Maestría, en 1951. El Doctorado lo hizo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En el año 2007 los antropólogos mexicanos le rindieron un homenaje por pertenecer a la primera generación de estudiantes de la ENAH. En esa ocasión publicaron “Etnografía de los confines: Andanzas de Anne Chapman”. Tuve la oportunidad de compartir este momento con ella y me contó que para poder costearse los estudios modelaba sombreros.
Anne tuvo maestros memorables de la antropología y la etnología. Uno de ellos fue Paul Kirchhoff, exiliado de la Alemania nazi en México, con quien discutía escritos de Marx, Engels o Vitfogel. Fue Kirchhoff quien le despertó el interés por estudiar los lencas en Honduras. Producto de estos estudios fueron los textos: “Los Hijos del Copal y la Candela. Ritos Agrarios y Tradición Oral de los Lencas de Honduras”, 1985. Fue secretaria y asistente de Karl Polanyi, un húngaro socialista emigrado en Inglaterra, especialista en economía de las sociedades precapitalistas. Y cuando fue admitida como investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, de Francia, su director era Claude Lévi-Strauss.
Ser etnóloga en esa época no era fácil para una mujer. Si bien conoció a Margaret Mead y Ruth Benedict, eran algunas de las excepciones, y Anne tuvo que abrir su propio camino. Para ello debió optar por su profesión o formar una familia. Pocas veces hablaba de su vida personal, pero compartíamos una amistad y una misma orientación feminista y ella llegó a contarme la forma sutil en que los varones que se le acercaron sentimentalmente, y en algún caso llegaron a ser su pareja formal, desvalorizaban su actividad y obstaculizaban sus trabajos de campo en lugares remotos. El ser mujer también tuvo consecuencias para su trabajo como etnógrafa. Se le abrían unas puertas y se le cerraban otras en el conocimiento de la cultura y organización de las comunidades.
Durante mucho tiempo trabajó con los tolupanes en la Montaña de la Flor, en Honduras, no era un lugar de fácil acceso (“Los Hijos de la Muerte”, 1985). En 1998, en ocasión del Huracán Mitch, que devastó Honduras, no dudó en llegar hasta la Montaña de la Flor para saber si Lupita, a quien había conocido de niña en 1971 y con quien mantenía amistad desde entonces, estaba bien con sus hijos y nietos. Nadie podía llegar en ese momento, pero ella llegó. Como también llegaba a la Isla de los Estados, en el confín del mundo, a hacer arqueología. Así era Anne, empecinada y terca, excesivamente metódica y constreñida a su trabajo. A pesar de sus 88 años, todavía guardaba la esperanza de poder volver este año, en octubre, a Honduras.
Anne trabajó desde 1965 en adelante con Lola Kiepja, que vivía en una reserva indígena cercana al Lago Fagnano, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Lola había nacido alrededor del año 1880, cuando todavía los selk’nam hacían vida tribal, y conservaba la memoria de su pueblo. Angela Loij fue otra de las mujeres selk’nam con que trabajó Anne Chapman y compartió su amistad, “ella me dio la llave para entrar en el recinto secreto del Hain”, ceremonia de iniciación de los jóvenes selk’nam, que hablaba de un pasado matriarcado y aseguraba un orden patriarcal actual.
Dejó varias publicaciones al respecto: Los Selk’nam: la vida de los Onas, El fin de un mundo: los selk’nam de Tierra del Fuego, entre otros, y una película: Los Onas: vida y muerte en Tierra del Fuego (1977), que filmó y codirigió con Ana Montes, mi madre. Esta película ganó un premio en el Primer Festival de Cine de los Pueblos Indígenas en 1984, en México. En 1988 filmó Homenaje a los Yaganes, otro pueblo indígena que habita en los canales fueguinos.
Anne vivía gran parte del año en Buenos Aires, trabajando y escribiendo. En los últimos años, con la visibilización de los pueblos indígenas en Argentina, su obra cobró interés y se montaron exposiciones de sus fotos en el Palais de Glace y el Centro Cultural Borges, entre otros, y la última recientemente en la Municipalidad de Tigre.
Sus últimas publicaciones fueron un texto de más de 800 páginas sobre Charles Darwin y el Hain: Ceremonia Selk’nam de Iniciación (Santiago de Chile, 2003). Estaba muy urgida por publicar los cantos de Lola y sus transcripciones. Pero no llegó a tiempo.
Anne dejó Argentina pocos días antes de morir, sabiendo que no volvería. Estaba preocupada por el destino de su material etnográfico, que incluye textos, fotos, grabaciones y transcripciones de los últimos seres humanos que hablaron el selk’nam, conocido vulgarmente como ona. Este material probablemente sea el único que permita evitar la pérdida, en el agujero negro de la historia, de este idioma y esta cultura, perteneciente a un pueblo que tenía más de tres mil años de antigüedad y cuyos miembros y cultura fueran exterminados en 50 años por las balas y las enfermedades de los terratenientes que los reemplazaron por ovejas, a principios del siglo XX.
El mejor homenaje que le podemos hacer los amigos y amigas a Anne es que este patrimonio de los pueblos originarios se preserve para riqueza y conocimiento de los descendientes directos de los selk’nam y de una sociedad toda que se reconozca pluricultural.
* Antropóloga y feminista.


ONA QUE NUNCA MÁS ESTARÁS 

Ona que nunca más estarás cerca de la fogata
de la Tierra del Fuego;
tu flecha y tu dignidad
es ya alba remota.
Dentro de la piedra y el árbol
deseo escuchar tu grito.
Pero sé que tus huesos triturados
gimen en tumbas sin semillas.
Y en el bosque
tu nombre no ríe en la madera;
el arroyo y el cerro
nos escuchan
tus relatos
antiguos.
El cóndor desde su camino de nubes,
no atisba tu choza y tus ritos
porque tú ya nunca más estarás.
En un ocaso que sudaba amargura
llegaron a tu isla
los seres sin dios.
Tenían brazos que se extendían
y concluían
en bocas de metal.Bocas que escupieron sobre ti
los témpanos
de hielo asesino
que mataron tu honra
casi desnuda.
Y cerca, el guanaco y el cormorán
contemplaron el rostro
de tus chamanes y mujeres,
tus cazadores y guerreros
tiznados con la ceniza final
de un fuego
desvanecido.
Entonces, tus dioses y tus ancestros
se alejaron en un viento
 acribillado de fango.
Y sangre.
Pero yo, a través del agua y la araucaria
quiero invocar
el regreso de tu voz, extraña.
De magia.
Pero sé que ya nunca más
danzarás en el altar
de tus dioses y antepasados,
ni escucharás los lenguajes
de los animales venerados.
En la noche de Luna, de Kra,en la erupción diaria de Sol, Krren,
nunca más estarás.
Nunca más estarás
próximo a la cascada,
la nieve, el lago.
Y el volcán.
Sin embargo, a la gran isla que te alimentó
alguna vez deberé preguntarle
por qué el viento de la patagónica tierra
continúa repitiendo
las voces de tu pueblo.