sábado, 8 de octubre de 2011

Los inventos de Elal




Dicen los tehuelches que la patagónia era solo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando por primera vez. Venía desde más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido Elal, a quién cargó en su blanco lomo para depositarlo sobre la cumbre del cerro Chaltén (ubicado en la zona cordillerana de Santa Cruz, conocido hoy como el cerro Fitz Roy).
Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores. Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén; los pájaros le trajeron alimentos y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre.
Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kókeshke y Shie, el frío y la nieve. Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagónia lo atacaron furiosos, ayudados por el hielo y por Máip, el viento asesino.
Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí dos piedras que se agachó a recoger, y ese fue su primer invento: el fuego. Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que el mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día modelando estatuitas de barro, creó los hombres y las mujeres: los tehuelches.
A ellos los Chónek les confió los secretos de la caza; les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a ponerles el señuelo; a fabricar las armas y a encender el fuego. También a fabricar abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos, hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que tan solo el sabía.
Cuentan que hasta la luna y el sol están donde están por obra de Elal, que los hechó de la tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. También que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal, castigó una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, protector de los Tehuelches, dio por terminados sus trabajos.
Dicen que un día poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores, pero que si transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquellos a los propios, para que nunca murieran los secretos de los Tehuelches. Y cuando el sol ya se asomaba en el horizonte Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar. Inclinándose sobre el ave que lo llevaba, y acariciando su cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar. Dicen que varias islas se distinguen todavía desde la costa patagónica y que en alguna de ella muy lejos, donde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal.
Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que resucitados llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendéunk (espíritu tutelar que lleva la cuenta de las acciones de los tehuelches y los conduce, después de muertos, al encuentro de Elal).

jueves, 26 de mayo de 2011

El jardín y la torre



Primeras visiones del Nuevo Mundo. Estaba dividido en dos partes aproximadamente de la misma extensión: “El mito del paraíso” y “El mito de Babel”. La primera se concentraba en los descubrimientos de los exploradores, comenzando por Colón y siguiendo hasta Raleigh. El argumento de Stillman era que los primeros hombres que visitaron América creyeron que habían encontrado accidentalmente el paraíso, un segundo Jardín del Edén. En el relato de su tercer viaje, por ejemplo, Colón escribe: “Porque creo que se encuentra aquí el Paraíso terrenal, al cual nadie puede entrar excepto con el permiso de Dios.” En cuanto a las gentes de aquella tierra, Peter Martyr escribiría ya en 1505: “Parecen vivir en ese mundo dorado del cual hablaban tanto los escritores antiguos, en el que los hombres vivían con sencillez e inocencia, sin imposición de leyes, sin disputas, jueces ni calumnias, contentos tan sólo con satisfacer a la naturaleza.” O como escribía el siempre presente Montaigne más de medio siglo después: “En mi opinión, lo que realmente vemos en estos pueblos no sólo sobrepasa todas las imágenes que los poetas dibujaron de la Edad de Oro, y todas las invenciones que representaban el entonces feliz estado de la
humanidad, sino también el concepto y el deseo de la filosofía misma.” Desde el principio, según Stillman, el descubrimiento del Nuevo Mundo fue el impulso que insufló vida al pensamiento utópico, la chispa que dio esperanzas a la perfectibilidad de la vida humana, desde el libro de Tomás Moro de 1516 hasta la profecía de Gerónimo de Mendieta, unos años más tarde, de que América se convertiría en un estado teocrático ideal, una verdadera Ciudad de Dios.



Existía, sin embargo, el punto de vista contrario. Si algunos consideraban que los indios vivían en una inocencia anterior al pecado original, había otros que los juzgaban bestias salvajes, diablos con forma de hombres. El descubrimiento de caníbales en el Caribe no contribuyó a atenuar esta opinión. Los españoles la utilizaron como justificación para explotar a los nativos despiadadamente para sus propios fines mercantiles. Porque si uno no considera humano al hombre que tiene delante, se comporta con él con menos escrúpulos. Hasta 1537, con la bula papal de Pablo III, los indios no fueron declarados verdaderos hombres dueños de un alma. El debate, no obstante, continuó durante varios cientos de años, culminando por una parte en el “buen salvaje” de Locke y Rousseau -que puso los cimientos teóricos de la democracia en una América independiente- y, por la otra, en la campaña de exterminio de los indios, en la imperecedera creencia de que el único indio bueno era el indio muerto.



Paul Auster

viernes, 18 de febrero de 2011

EL ORIGEN DE LAS HISTORIAS

(Leyenda Séneca)

Era Niño Huérfano un joven cazador de pájaros que había alcanzado gran nombradía entre las gentes de su poblado y, si es el caso, incluso de las gentes de los poblados cercanos que se asentaban a lo largo del curso del Gran Río, en la inmensa llanura rodeada por gigantescos macizos montañosos cubiertos por frondosos y espesos bosques de verdes y puntiagudos árboles de hoja perenne, ya que los de ramaje deciduo no eran capaces de soportar climas tan extremos y rigurosos que hacían que toda la extensa pradera se cubriera de un grueso manto de nieve y hielo, que había de ser surcado por las manadas de bisontes en busca de otros prados más benignos en los que los pastos les resultasen más asequibles para comer. Niño Huérfano había alcanzado gran éxito cazando pájaros por todas aquellas majestuosas y frías latitudes.

Un día el joven cazador de aves salió de su tienda hecha con piel de búfalo secado al frío riguroso del lugar en busca de pajarillos con los que distraer su ocio y satisfacer, si no su hambre, sí al menos la de su desdentada abuela, que se escondía en la penumbra de su cobijo. Llevado por su afán desmedido, se adentró en uno de los espesos bosques que rodeaban su poblado sin darse cuenta de que el ahínco que había puesto en esta singular caza le había sumido en un estado tal que ni el mismo tiempo contara para él. De modo que Niño Huérfano se encontró, en un momento determinado de su expedición, en medio de un claro del bosque jadeando, casi extenuado y con el desconcierto de no saber dónde se hallaba, adonde había llegado en su obsesiva persecución de las pequeñas aves.
Niño Huérfano se limpió el sudor de su frente, se detuvo un
momento en medio del calvero y, sintiendo en sus piernas el cansancio propio del denuedo realizado, se acercó a una enorme piedra redonda que yacía bajo un grupo de abetos gigantes y se sentó en ella.
Mientras el joven piel roja descansaba del esfuerzo que hiciera en su cacería, tomó de su carcaj de piel de marmota una de las flechas, que mellara su punta en el último tiro que lanzara sobre un diminuto colibrí, y se puso a repararla.

— ¿Te cuento historias?
Alguien hablaba a Niño Huérfano. Éste, sorprendido y receloso por si le acechaba algún grave peligro y sin saber muy bien lo que le habían dicho, miró a su alrededor, tomó de su cintura el gran cuchillo plano en actitud hostil y volviese a mirar con el ansia de saber que no se hallaba solo en aquel lugar tan alejado de su tribu.

Niño Huérfano, tomando las prevenciones oportunas, al fin se
atrevió a preguntar:

— ¿Quién me habla? ¿Qué me has dicho? —se calló un momento durante el cual registró con verdadero anhelo su alrededor y detrás de los primeros árboles que componían el bosque; luego volvió a preguntar—: ¿Quién está ahí? ¿Quién eres? —y ordenó, ante el mutismo que reinaba a su alrededor—: ¡Que salga sea el que sea quien me ha hablado! No sé lo que me has pedido, pero te he oído con claridad.

Quedó el cazador de aves en alerta por si veía salir de la espesura del bosque a algún guerrero de cualquiera de las tribus enemigas o algún hado desconocido y maléfico, uno de aquellos genios que decía el chamán que salían a las veredas de las montañas para echar sus encantamientos y hechizos sobre la gente de bien que deambulaba por ellas en paz.

Todo fue silencio en un buen rato. Sólo se escuchaban los trinos
de los pájaros que el joven no veía por ningún lado.

— ¿Te cuento historias?

Se volvió a escuchar la propuesta.
Niño Huérfano ahora sí estuvo seguro, incluso de lo que había
dicho y de donde había llegado la voz. Venía del propio risco redondo
donde se sentara a descansar.

— ¡Sal de ahí! —gritóle el cazador de pájaros a alguien que se
debía esconder tras la singular roca.

Pero de allí no surgió nadie. Por eso el muchacho rodeó la gran peña con la esperanza de encontrar tras ella a alguna persona o ser y quedó desilusionado al comprobar que irremediablemente estaba solo.

La piedra redonda le dijo:

—Soy yo

Niño Huérfano quedó atónito, sorprendido, sus piernas le
forzaban para que se alejase de allí a todo correr. La piedra le repitió:
—Sí, no te asombre, soy yo.
El cazador de aves, extrañado, preguntó:
-¿Tú?
—Sí, yo. Y te repito la misma propuesta que tanto te extraña:

¿Te cuento historias? —dijo el risco redondo y luego enmudeció.

Niño Huérfano aún no abandonó su recelo y palpó la dura roca
parlante por si en ella había algún conjuro o algún aojamiento. Cuando comprobó que aquélla era una piedra como cualquier otra que yacía al borde del camino, dijo:
— ¿Qué es eso? ¿Qué significa contar historias?
La piedra volvió a hablar y le informó afablemente:
—Contar historias significa simplemente contar lo que ha
pasado hace muchísimo tiempo.
En joven cazador de pájaros, lleno de curiosidad y recelo, se
acercó algo más a la piedra redonda y le preguntó tímidamente:

— ¿Puedes contármelas a mí?
—Puedo si quiero— repuso
— ¿Y quieres? —preguntó de nuevo el muchacho.

La insólita roca le hizo su oferta:

—Yo te contaré historias a cambio de los pájaros que tienes.
Niño Huérfano se los dio todos.
La piedra redonda, según lo acordado, contó una historia tras
otra sobre el mundo anterior al mundo entonces presente.
A Niño Huérfano le gustaban tanto estas narraciones que todos los días salía a cazar y, atiborrado de pájaros, se acercaba al calvero donde descansaba la piedra parlanchina para cambiarle las aves por nuevas historias fascinantes y antiquísimas.
Un día acudió a la cita diaria con un niño mayor y poco después se presentó con dos hombres de su tribu. Todos escucharon embelesados las magníficas historias que contaba la piedra redonda. Viendo ésta que sus narraciones eran del gusto de la gente y que entre todos ellos se había creado una gran fama y notoriedad, se
dirigió a Niño Huérfano y le propuso:

—Mañana que venga todo el pueblo en masa. Contaré mis
historias para todo aquel que me quiera oír.

El muchacho asintió asegurándole que se haría como ella deseaba y que el pueblo en masa se presentaría en el calvero para escuchar sus atractivas leyendas.

Pero la piedra redonda le habló de nuevo poniéndole
condiciones:

—Que venga todo el que lo desee, pero que a cambio de mis
historias cada uno me traiga un regalo de comida.

Así se hizo.

Y desde entonces, cumpliendo fielmente las instrucciones que diera la piedra redonda, es indispensable contar estas historias de generación en generación hasta que el mundo se acabe.
Ahí van las historias que construyeron el pueblo piel roja